Me tomaste el nardo aquella tarde bajo el viejo roble

 

 

Hermosa tarde, mi señora.

Dulce velada, caballero.

¿Recordáis todavía mi nardo?

¿Cómo olvidarlo? Llevo todo este tiempo guardado el recuerdo de vuestro nardo en mi interior.

¡Cuánto me alegra oíros, mi señora!

¡Ojala vuestro nardo hubiérase mantenido vigoroso más tiempo, alargando mi pasión! (Suspiro) ¡Portaríalo aún  apretado entre mis pechos, cerca del corazón!

Me abrumáis un tanto…

Es que fue vuestro nardo cosa encomiable… cosa de magia… por su temple infinito, su tacto de seda, su agradable perfume y su mejor sabor.

Me desconcertáis señora, ¿habláis seguro de los mismos nardos que yo?

¿De qué otra cosa si no? Hablo de ese regalo de la naturaleza que toda mujer anhela entre ardores recibir.

No termino de comprender, mi señora. ¿Y fue, decís, mi humilde nardo tan extraordinario?

Me hacéis sonrojar, mi señor. Cómo olvidar aquella tarde en la pradera, bajo el viejo roble, sobre el mantel de cuadros…

Ahora seguro estoy que no fue mi nardo, mi señora, el fruto de tal ensoñación, ni el que la colmara de tanto deleite entonces.

Cómo si no…

Usted confunde mi nardo, mi señora, con el de algún otro caballero. Pues no fue bajo el viejo roble ni sobre el mantel de cuadros que le entregué yo mi nardo.

Me ofende usted, caballero, aunque cierto es que muchos hombres me visitan, y todos me regalan con sus nardos, a pares vienen y hasta de media docena he recibido. Tantos nardos tengo a veces al tiempo que en ocasiones no sé dónde meterlos.

Todavía me confunde, mi señora, ¿de qué nardos habla usted?

De los que entregan los hombres apasionados a las mujeres que desean.

De haberlo sabido, que tanto le gustan, la hubiera complacido yo hoy, pues nada tan fácil como ofrecerle un buen nardo.

Es usted un peculiar Don Juan, mi señor. Nunca vi hombre tan romántico y preocupado…

Bueno, no crea que el asunto es solo cosa de mujeres, sepa usted que también algunos hombres disfrutamos con un nardo en el ojal.

¡Vaya, no lo hacía yo de esos!

Pues ya ve. De vez en cuando me doy ese placer.

Y es algo habitual eso que usted hace.

En contadas ocasiones. Lo reservo para momentos especiales.

Soy yo ahora la confundida… ¿De qué nardo y de qué ojal estamos hablando?

¿De cual van a ser, mi señora? De el que cualquier caballero refinado ofrece.

¡Me turba usted por sus palabras!

No es tan extraño, mi señora, es una costumbre cada vez más extendida.

Si usted lo dice… Que cada cuál disponga de su ojal y de su nardo como mejor le parezca.

Ahora verá: si usted me lo permite le hago los honores…

Un momento, que no ha quedado claro el tema. ¿Qué ojal es el que usted quiere profanar?

Mi señora, el que usted disponga, tanto me da.

Me sigue usted confundiendo, caballero.

No es mi intención. ¿Qué le parece si vamos un rato bajo el viejo roble y allí le muestro?

He de advertirle que el tema del ojal no me satisface, aún más, no lo consiento de ninguna manera.

No seré yo quien le moleste con la tontería de llevar un nardo en la solapa si tanto le perturba, pero he de advertirle que no traigo hoy flor alguna ni ramillete que ofrecerle en mano, que eso sí sé que le agrada.

Aliviada me siento por sus palabras y por su visible solapa horadada. Vamos pues, querido amigo, bajo el roble, que tanto hablar de nardos me ha abierto la gana.

 Encantado la sigo.

Y por la flor no se preocupe que le entrego yo la mía, a cambio, eso sí, de su vigoroso nardo.

 

tierracanalla@.com

 

 

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Autor entrada: danielvilamota

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